CAFECITO CON
ANDREA PEÑA: “HAGO PARTE DE UN LINAJE DE ARTISTAS QUE ESTÁ ABRIENDO LAS PUERTAS PARA NUESTRAS COMUNIDADES”
Nombre: Andrea Peña
Profesión: Artista
Nacionalidad: Colombiana
Signo zodiacal: Sagitario
Instagram: @andreapena__
Felicitaciones por recibir el NEXT Prize de CHANEL de este año, un programa que reconoce a artistas contemporáneos que están redefiniendo sus disciplinas. ¿Qué significa para ti formar parte de esta iniciativa?
¡Gracias! Este momento se alinea con preguntas que he venido explorando durante años, preguntas que han estado en el centro de mi recorrido como artista: cómo redefinir una disciplina honrando y situando en el centro perspectivas del sur global, hablando desde valores queer y fluidos, e insistiendo en miradas no eurocéntricas. Este premio reconoce que estas perspectivas no son periféricas, sino que forman parte del pasado, el presente y el futuro de nuestro imaginario colectivo.
En LATINNESS, nuestra misión es inspirar a la próxima generación de creativos latinos. Habiendo nacido en Bogotá, ¿cómo comenzó tu camino hacia la coreografía y qué te llevó a dedicarte a una carrera creativa en la danza?
Desde muy temprana edad aprendí cómo los cuerpos se adaptan dentro de sistemas que no están construidos para ellos, al emigrar de Bogotá, Colombia, a Vancouver, Canadá. Estos lenguajes invisibles de adaptación, desplazamiento e hibridez sembraron sensibilidades profundas en mi infancia. Las preguntas sobre identidad, expresión y pertenencia comenzaron a gestarse desde muy joven. Preguntas que hoy no solo dan forma al trabajo que realizo, sino también al impulso que me llevó a empezar a crear a los 23 años.
La coreografía surgió simplemente de encontrar un medio en el que el cuerpo fuera capaz de expresar, de manera compleja, las capas de su propia individualidad y de desprenderse de los sistemas que estructuran o restringen nuestra vida cotidiana. El diseño, por otro lado, igualmente central en mi práctica, se convirtió en el medio a través del cual podía transformar el escenario mismo, creando espacios que reflejaran la cosmología del hogar.
Esta expresión profundamente humana, cruda y punk —en los cuerpos y en los materiales— es la Bogotá que llevo en el corazón. La resiliencia y la calidez: esa es mi Colombia.
¿Qué desafíos, si es que hubo alguno, enfrentaste al inicio?
Ojalá pudiera decir que “enfrenté” desafíos en pasado, pero todavía los enfrento. Uno pensaría que, con la evolución de una carrera, los desafíos se disolverían; sin embargo, aportar una perspectiva Latinx al mundo de la danza sigue siendo un reto constante.
Introducir nuestras miradas, filosofías y simbologías no occidentales implica un camino de insistencia, de perseverancia, de literalmente invocar a mis ancestros para que emprendan este recorrido conmigo. Sé que enfrentar estos desafíos no solo abre puertas en mi propio camino, sino también para las futuras generaciones de artistas latinos. Hago parte de un linaje de artistas que están abriendo espacio para nuestras comunidades. Bad Bunny lo ha hecho de manera increíble para los latinos en la música. La danza, lo admitiré en voz baja, todavía va un paso atrás.
Hiciste una transición poderosa de Colombia a Canadá, llegando a bailar con Les Ballets Jazz de Montréal y Ballet BC. ¿Cómo se dio ese recorrido y qué pasos concretos tomaste para acceder a esas oportunidades como joven bailarín proveniente de Colombia?
Mis padres emigraron a Vancouver cuando yo tenía 13 años, así que ya llevaba algunos años viviendo allí. Estas oportunidades de trabajar con estas compañías no llegaron fácilmente; llegaron después de forjar mi propia voz como intérprete y de confiar en lo que yo tenía para ofrecer. Por ejemplo, recuerdo que a los 16 años me dijeron que me movía como “un toro en una cristalería”. En ese momento, fue un comentario devastador para un joven bailarín. Hoy entiendo esa energía como mis raíces, mi fuerza, el fuego ancestral que guía mi práctica.
Debo admitir que incluso dentro de esas compañías me sentía fuera de lugar, como si los valores con los que yo quería crear estuvieran en conflicto con la manera en que se gestionaban las grandes compañías en ese momento. Y ese fue uno de los grandes motores que me llevó a crear mi propia compañía: poner a las personas por encima del oficio.
En 2014 fundaste tu propia compañía de danza, reuniendo a artistas de diversos orígenes. ¿Qué cualidades valoras más en un joven bailarín hoy en día?
Para mí, construir AP&A fue, antes que nada, construir una familia de artistas antes que una compañía. Se trataba de reunir a personas afines que compartieran un sentido de agencia crítica, una reflexión sobre nuestro oficio y el deseo de explorar lugares más profundos dentro de su propia práctica artística. Se trataba menos de “encontrar bailarines” y más de conectar con la persona como artista, entendiendo su pensamiento crítico y sus particularidades humanas. Se trataba de imaginar una compañía que generara las condiciones para el desarrollo de nuestra práctica: un espacio de diversidad por encima de la homogeneidad. Nuestros artistas provienen de Brasil, Líbano, Mayotte, Vietnam, Australia, Italia y de distintos lugares de Norteamérica, incluyendo orígenes afroamericanos, de Primeras Naciones, acadios y canadienses.
Lo que busco en un colaborador e intérprete es, sobre todo, su conexión con su propia voz artística y personal. Su capacidad de pertenecer y de participar en la toma de decisiones en tiempo real. Las obras que creamos son altamente rigurosas y atléticas —la mayoría de mis bailarines entrenan fuerza fuera de la danza— y, al mismo tiempo, profundamente conceptuales. Por eso necesitamos poder dialogar colectivamente, aportar nuestros diversos puntos de vista, proponer, equivocarnos y convivir con la ambigüedad y el no saber. Confiar en que la obra se construye a sí misma en las capas intermedias del proceso.
Uno de los aspectos más particulares y poderosos del CHANEL NEXT Prize es su financiación sin restricciones, que permite a los ganadores desarrollarse en sus propios términos. ¿Qué tan importante es para ti la libertad creativa total? Al mismo tiempo, la fricción y las limitaciones suelen dar lugar a trabajos más interesantes: ¿cómo equilibras esa tensión en tu práctica?
No creo que alguna vez creemos en una libertad creativa absoluta; sin embargo, pienso que la libertad creativa es muy importante. Pero dentro de esa libertad, nuestra tarea es encontrar la estructura, los muros o los parámetros de la obra, comprender sus límites y sus fronteras. La fricción, como mencionas, es sumamente fértil para mí. Adoro la complejidad, lo indefinido, lo crudo, lo inacabado, porque tiene mucho que enseñarnos. Algo muy similar a América Latina, que lleva consigo esa misma complejidad cruda e inacabada.
Estas son las inteligencias sutiles del sur global; este es nuestro combustible como artistas nacidos de estas historias. Así, en mi trabajo navego la ambigüedad, permito el no saber, hago espacio para el error y para la experimentación sin dirección, confiando en que el rumbo terminará encontrando su propio camino.
¿Qué papel juega la mentoría en tu industria y cómo ha marcado tu propio camino?
La práctica coreográfica es, honestamente, muy individualista. Muchos coreógrafos temen que otros coreógrafos vean su trabajo en proceso, aunque creo que la nueva generación está empezando a cambiar esto. En mi caso, he tenido la fortuna de contar con un grupo de apoyo de coreógrafas en Montreal, de distintas edades, con quienes compartimos nuestras luchas, nuestros logros, nuestras preguntas y reflexiones artísticas.
Creamos este espacio juntas hace unos 6 o 7 años, algo muy poco común en el mundo del arte, y ha sido increíblemente valioso: un lugar de apoyo, de mentoría intergeneracional y de comunidad, donde nos celebramos mutuamente en lugar de competir.
Para los jóvenes bailarines en América Latina que sueñan con integrarse a compañías internacionales, ¿cómo pueden hoy, de manera realista, buscar y acceder a este tipo de oportunidades?
Creo que, más que nunca, estas oportunidades son hoy más accesibles que cuando yo empecé, ya sea a través de las redes sociales, Instagram o audiciones en video: el panorama de búsqueda de talento se ha ampliado enormemente. Además, construir relaciones en línea forma parte del lenguaje de nuestro tiempo. Artistas contactan a mi equipo con frecuencia o me escriben por redes sociales para presentarme su trabajo. Es una gran manera de conectar con personas fuera de nuestro entorno inmediato.
La industria en sí también está cambiando. Muchas compañías y directores artísticos están buscando artistas con voces únicas. Ya no se trata de encajar en el molde ideal del “bailarín contemporáneo”, sino de presentarse con el conjunto amplio de cualidades que hacen a un artista auténticamente quien es. Esto realmente se nota, y nuestro medio está evolucionando, abriendo mucho más espacio para la especificidad individual y cultural.
¿Qué consejo darías a los creativos latinoamericanos que aspiran a construir una carrera internacional?
Me conmueve ver a más creativos latinos reclamando su lugar en el mundo global de las artes. Llevamos una riqueza que nos hace únicos: valores, tradiciones, filosofías y maneras de estar en el mundo que no se encuentran en todas partes. Esas voces son más necesarias que nunca, sin importar el medio en el que trabajen.
Esto es lo que diría: nadie va a creer en tu trabajo más de lo que tú crees en él. Se necesita una determinación incansable y una convicción inquebrantable en lo que aportas. Habrá momentos en los que te sentirás como “un toro en una cristalería”; abraza esa energía, es tu poder. Lo que nos hace auténticamente latinoamericanos es nuestra fuerza, no algo que debamos minimizar. Lo que en mi camino parecían obstáculos —mi latinidad, mi identidad queer, mi mirada no europea— se convirtieron en el combustible mismo de mi trabajo. El mundo, por fin, está listo para abrirnos espacio, pero nosotros debemos insistir en ocuparlo.
Y, por último, construye relaciones. Acércate a artistas cuyo trabajo te conmueva, preséntate con generosidad y encuentra a tu gente. Nos necesitamos mutuamente para sostener este trabajo a largo plazo.
¿Hay bailarines latinoamericanos que admires especialmente o que te inspiren? Y, más cerca de casa, ¿hay algún bailarín o agrupación en Colombia cuyo trabajo admires profundamente o con el que te sientas conectado?
La verdad, me nutro de distintas disciplinas más que únicamente de la danza. Pero ver a la compañía afrocolombiana de danza SANKOFA DANZAFRO en Ontario, mientras ambos estábamos de gira, fue algo muy profundo: me llevó hasta las lágrimas. Su trabajo encarna la sabiduría ancestral y la especificidad cultural que me recuerdan por qué la representación en la danza es tan importante. También me inspiran artistas visuales colombianos como Delcy Morelos y la artista emergente Laura Campaz, quienes exploran preguntas similares sobre identidad y territorio.
¿Cómo definirías la latinidad y qué es lo que más amas de tu cultura?
Para mí, la latinidad es comunidad y corazón; es el espíritu que siento que nuestra cultura lleva consigo. Somos personas con una resiliencia, humildad, vulnerabilidad y alegría inmensas. Hay una sabiduría ancestral que corre por nuestra sangre, un conocimiento sobre la riqueza sutil de conectarnos como seres humanos en esta tierra. Está en la forma en que nos reunimos, en cómo nos sostenemos mutuamente en la dificultad, en cómo encontramos alegría incluso en lo crudo y en lo inacabado.
Cuando cierras los ojos y piensas en tu país natal, Colombia, ¿qué canción viene a tu mente?
Mi abuelo es de Boyacá, así que cuando cierro los ojos escucho la flauta andina (zampoña o quena) como si flotara a través de la cordillera de los Andes. No es una canción específica, sino ese sonido ancestral, como el del bambuco, esa música de las montañas que me formó.



